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Acompañada de mujeres. La marcha del 8 de marzo en la CDMX

Andrea Macías Jimenez · 03/15/2025

El sábado pasado, hice planes para asistir con mi mejor amiga a la marcha del 8 de marzo en la Ciudad de México. Llegué antes que ella y me quedé parada al borde de la Avenida Reforma en la Ciudad de México  mientras pasaban oleadas de mujeres, miles de ellas, avanzando juntas con determinación, sus voces alzándose en cantos que resonaban por la ciudad. El aire estaba cargado de algo eléctrico.

Mi plan original era esperar a que llegara mi amiga para unirme a la marcha, pero la energía del momento me arrastró como una marea. Me vi envuelta en la corriente de un río de mujeres —de todas las edades, de todos los ámbitos de la vida— avanzando como una sola. Antes de darme cuenta, ya marchaba junto a ellas, sus voces resonando a mi alrededor. Y aunque no conocía a ninguna, me sentí irremediablemente conectada con todas. Una sensación de hermandad me envolvió no sólo porque era el 8 de marzo, sino porque, como mujeres, estamos unidas por una experiencia compartida que es tanto universal como profundamente personal.

Las mujeres, colectivamente, hemos enfrentado injusticias; hemos enfrentado violencia; hemos sido tratadas como menos. Y sin embargo, dentro de esa lucha común, me impactó la enorme diversidad y la naturaleza tan personal de las voces que se alzaron esa mañana.

Casi todas las mujeres que marchaban llevaban un cartel hecho a mano, cada uno con una declaración, algunos un grito de batalla, otros una muestra de apoyo, otros una denuncia. Cada pancarta daba voz a una lucha distinta: feminicidios, secuestros, violencia emocional y física, acoso laboral, abuso sexual, sueldos injustos, trata de personas, la carga incesante del trabajo doméstico no remunerado.

Mientras caminaba, no pude evitar ponerme a llorar. Cada cartel que leía me provocaba un dolor profundo, no necesariamente porque yo hubiera vivido esa injusticia en carne propia, sino porque conocía a alguien que sí, o a alguien que conocía a alguien que sí. Todas de una u otra manera lo habíamos vivido. Una pancarta que decía "No es normal que todas tengamos una historia de abuso"se quedó grabada en mi mente, resonando en mi pecho. No es normal. Y, sin embargo, lo es. Cada súplica, cada demanda de justicia, cada nombre escrito en la memoria de alguien era un recordatorio de que esta lucha no es abstracta. Es íntima. Es vivida. Es nuestra.

Llorar fue catártico, hacerlo así, abierta y libremente, porque no solo se sentía seguro hacerlo, sino porque, al permitirnos sentir el peso de ese dolor colectivo, también lo estábamos compartiendo. Estábamos recogiendo el estandarte juntas, sosteniéndolo con más fuerza, llevándolo adelante con una determinación renovada. Ahí es exactamente donde radica la fortaleza de la hermandad; no solo en nuestra experiencia compartida, sino en nuestra disposición a ser testigos del dolor de las demás y a apoyarnos mutuamente. Ahí es donde reside su verdadero poder.

Y aunque la marcha bullía con dolor y urgencia, no vi un solo cartel que pidiera venganza. No vi una sola pancarta declarando que los hombres son inferiores. El mensaje era claro: no estamos exigiendo poder sobre nadie. Estamos exigiendo justicia. Estamos exigiendo seguridad. Estamos exigiendo equidad. Estamos exigiendo un lugar en la mesa.

Me cuesta entender por qué eso sigue siendo considerado un pedido radical. O por qué, en 2025, la lucha por la igualdad sigue siendo una batalla cuesta arriba. Las mujeres hemos sido pilares de la sociedad desde sus inicios, incluso cuando nos han relegado a las sombras. Y aun así, seguimos teniendo que marchar para exigir nuestro derecho a existir con seguridad y dignidad.

Entonces hoy la pregunta es  ¿cómo avanzamos? Y la respuesta es haciendo más estos esfuerzos compartidos. La respuesta es alzar nuestras voces para decir nuestras verdades, nombrar nuestro dolor, contar nuestros sueños y nuestras demandas. Las palabras, ya sea en una pancarta, en un micrófono de un podcast o en un libro, tienen el poder de cambiar narrativas y transformar el curso de nuestro futuro. Al dar voz a nuestras experiencias, no solo participamos en el movimiento, lo fortalecemos, lo amplificamos. Por eso es vital continuar con la labor de difundir nuestra historia, asegurándonos de que no solo se escuche, sino que se reconozca, se tome en cuenta y se convierta en acción.

Esa mañana, caminé junto a mujeres que no conocía, pero que de alguna manera entendía. Y en ese momento, no estaba solo en la Ciudad de México. Era parte de algo mucho más grande, era parte de un movimiento que trasciende fronteras, generaciones y el tiempo mismo.

Cuando finalmente me encontré con mi mejor amiga, le di un abrazo fuerte, emocionada y conmovida de compartir este momento con ella. No hizo falta decir mucho; las dos sabíamos lo que significaba estar allí, en medio de ese mar de voces. Marchar a su lado hizo que todo fuera aún más poderoso; porque si algo nos ha enseñado esta lucha, es que ninguna debe caminar sola.