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Hablemos, escritoras.

“Mis fábulas son lastres conceptuales”. Lo que hicimos por Tedi López Mills.

Episodio 147 Reseñas

08/17/2020 | Hablemos escritoras · Adriana Pacheco

Todos mataron a todos. Todos somos responsables y todos por lo tanto quedamos absueltos. Se llama fatalidad"

La obra de Tedi López Mills es uno de los mejores ejemplos de la calidad de la literatura contemporánea en español. Su estilo, profundidad, y complejidad están presentes en todas sus obras. Hoy presentamos una reseña y comentario sobre su libro Lo que hicimos (Almadía, 2018), mismo que dialoga con Iluminaciones de Arthur Rimbaud, y que López Mills traduce en Mi caso Rimbaud (Bonobos editores, 2016). Las treinta y cuatro frases que López Mills subraya en su proceso de traducción se intercalan en un texto lleno de aforismos, ideas fragmentadas, descripciones de escenas, donde una Señora —tal vez la que aparece en el primer capítulo de Iluminaciones— educa, manda, castiga, somete a unos jóvenes. Su vida, en una especie de castillo kafkiano, es una continua educación sobre la guerra, la violencia, el poder, el abuso, el lenguaje, la poesía entre otros. Imposible hacer una reseña que haga honor a esta obra en un espacio tan reducido, pero esta servirá para abrir apetito a acercarse a ella y disfrutarla.


En su libro Mi caso Rimbaud, Tedi López Mills dice que ha leído el libro Iluminaciones de Arthur Rimbaud múltiples veces pero que “el hoyo negro por el que se escapa su significado no se cierra por más que intente empacar con cuidado los textos y mudarlos hacia el español” (58). El texto publicado por Editorial Bonobos (2016) da cuenta de la vida y obra de este autor francés, miembro de la generación conocida como los “poetas malditos”,  del complicado enjambre que forman detractores y admiradores de este personaje, así como de la controversial recepción de la obra rimbaudiana que, como dice la escritora mexicana, es una muestra más de los dogmas de su poesía, que desembocan  en “ese sitio incómodo donde el lector no entiende, pero no se atreve a preguntar, precisamente porque la interrogación será una forma de herejía” (77). 

Como si no fuera suficiente, Mi caso Rimbaud cierra con su traducción de Iluminaciones, polémico libro que promete irónicamente en su título la iluminación. Dictado, entregado en medio del misterio, desaparecido, encontrado, rescatado, reordenado, reescrito una y otra vez, se trata de una serie de poemas escritos mayoritariamente en prosa con 45 apartados que a su vez se dividen en otras muchas secciones. Su título, dado casi al paso por Verlaine en 1878 —como nos lo cuenta la misma López Mills en su artículo en Letras Libres de mayo del 2016—, sí ilumina su cualidad más importante: la movilidad de sus palabras y su alto lirismo. La obra, traducida infinidad de veces del francés a muchos idiomas, lo es por primera vez al español por Cintio Vitier, versión que aparece publicada en 1954 en la famosa revista Orígenes coordinada por José Lezama Lima en Cuba. Después de esta han venido muchas otras, siendo de las más mencionadas la de Díez-Canedo, y las más recientes las de Eduardo Moga y Miguel Casado en 2007. Y la pregunta acá es ¿por qué traducir un libro tantas veces? La respuesta es simple y a la vez compleja, pues tal vez va más allá que el deseo de escudriñar en la complejidad del texto y seguir contando una historia que no termina de contarse. Lleva a lo que Todorov ha dicho que el problema que la obra encierra es que sus interpretaciones y la crítica en su lectura ha cometido varios errores. 

Si alguien tenía que traducirla e indagar en sus “mapas centrífugos” y en su gran movilidad lingüística y semántica, es López Millls, cuya escritura es, como Julián Herber lo ha dicho, “rara, profunda, y perdurable”. Poeta, ensayista, editora, y traductora, nació en la CDMX el 1 agosto 1959, compartiendo sus raíces mexicanas con las americanas. Estudió filosofía en la UNAM y en la Sorbona. Tiene en su haber libros como La noche en blanco de Mallarmé (FCE 2006), Muerte en la Rua Augusta (Almadía 2010) libro ganador del Premio Xavier Villaurrutia 2009, El libro de las explicaciones (Almadía, 2012), que será próximamente traducido al inglés por Robin Myers y publicado por Deep Vellum Publishing, Amigo del perro cojo (Almadía 2014), La invención de un diario (Almadía 2016). Todas ellas pruebas de su gran talento, abundantes lecturas, y la osadía en su propuesta. López Mills ha recibido premios como el Nacional de Literatura Efraín Huerta 2006, Premio Nacional de Literatura José Fuentes Mares 2008, Premio de Narrativa Antonin Artaud 2012, Premio Iberoamericano Bellas Artes de Poseía Carlos Pellicer 2014, Primera beca de la Fundación Octavio Paz para jóvenes creadores. Es colaborada de la revista Letras Libres entre otras, donde en sus ensayos muestran su mirada crítica y suspicaz del mundo. 

Gran admiradora de filósofos como Wittgenstein, como lo vemos en su libro La invención de un diario, y de los poetas franceses, como en su primer libro de ensayos La noche en blanco de Mallarmé, hace en Lo que hicimos el mejor de los homenajes a Rimbaud, al poner en dialogo el talento literario de este escritor con el suyo propio, en una conversación que reta al lector a encontrar las conexiones, desmenuzar oraciones, ideas, y sentencias, pero a la vez a adentrarnos en la poesía de las ideas que es la obra de López Mills. La edición, publicada por Almadía en 2018, en ese formato tan característico de la famosa editorial oaxaqueña, tiene una portada e ilustraciones de Alejandro Magallanes, que se insertan a manera de folletín con distintos objetos sueltos. El volumen consta de 34 apartados breves, cada uno de ellos escritos en un párrafo, sí, así es, sin un solo punto y aparte, sin un respiro, para al final del libro encontrarnos con un índice que tiene su origen en las frases que ella subrayó en su lectura para la traducción de Iluminaciones. Ese índice, al final del texto, nos hace regresar a él curiosos de conectar lo leído con lo enumerado. 

La prosa encabalga las ideas de una narración fragmentada guiada por una voz en primera persona a veces del plural a veces del singular, que lleva al lector por diversas escenas, pensamientos, aforismos, descripciones de instantes, y reflexiones donde predomina una voz que vigila, un status quo, un big brother, sistema, voz autoritaria personificada en una Señora, tal vez aquella que Rimbaud usa en su primera sección de Iluminaciones, la misma que coloca un piano en los Alpes. En López Mills, la Señora reza, ordena, prohíbe, guía los destinos de los personajes principales, dos jóvenes, que en sus palabras son ella misma y Rimbaud, compartiendo una vida que muestra distintas aristas del poder, donde dominador y dominado interactúan dentro de la ironía de la obediencia impuesta, pero que se argumenta como aceptada “Me ordenas, me gusta obedecer, me callas, me gusta callarme, me aleccionas” (62) dice la voz narradora; y continúa “Nuestra señora es de las que odia mientras teje (82).

En toda su trayectoria, López Mills se ha caracterizado por obras de gran complejidad en el uso del lenguaje, el contenido semántico, la novedad temática, obras que ella ha reconocido modestamente como “divagaciones”. Otros, como José Homero, las han llamado “obsesiones”. Para mí son más el fruto de un talento de una ávida lectora, que entiende muy bien la compleja relación que Wittgenstein hace entre lenguaje, pensamiento y realidad, y que con lo que el filósofo alemán dice su Tractatus Logicus-Philosophicus, que la realidad está limitada por el lenguaje, de ahí la urgencia del poeta en “encontrar el lugar y la fórmula perfectos”. 

Lo que hicimos es la búsqueda de la palabra exacta para escribir el texto que como Kafka lo decía, nos hiera nos apuñale en un instante. Es la construcción de una historia donde la narrativa afecte al lector de manera permanente, que quede grabada en la memoria. El hilo narrativo, o tal vez sería mejor llamarlo poético, es el recuento de un “proceso educativo” que tiene lugar en una casa que podría imaginarse a manera de un castillo kafkiano, una torre. Ahí la Señora enseña a los jóvenes nuevas posibilidades de la vida, “a hacer caras frente a un espejo”,  a “aprender a morir para no defraudarse en el último minuto” (86), a escribir un soneto como los de Rimbaud, aunque aquellos son los de los días infantiles, y estos son “con tema del lodo y la sangre y las escrituras” (105). Los enseña también a observar al mundo, tal y como si estuviera tras un aparador, en donde las escenas de violencia, soledad, angustia, o muerte toman lugar en laboratorios de experimentos con “perros sacrificados en pilas con una soga al cuello” (65), o con “un niño muerto y cinco inocentes, aunque lo hayan matado” (74), o con “el hijo que ha prometido se dará un tiro a los veintinueve años, por necesidad” (104). 

La violencia es un espectáculo sin fin, una suerte de espiral, como las que Rimbaud crea con sus anáforas y las repeticiones en Iluminaciones, en donde solamente “la sangre nueva depone a la vieja” o “funciona y produce máquinas perfectas y obras que la gente siempre deseosa aplaude” (63); es un espectáculo que vemos distanciados, impasibles, una guerra “que desde lejos se ve ensayada” (78). El ensayo y la teatralidad es lo que conforma la vida. La Señora se encarga de “dibujar la caricatura de los gestos correspondientes” a lo que debe ser un ciudadano. “Soy un ciudadano efímero” (70) dice López Mills, frente a un estado opresor en donde todos somos culpables, donde “Todos mataron a todos. Todos somos responsables y todos por lo tanto quedamos absueltos. Se llama fatalidad” (75).

En su apartado titulado “Yo con urgencia de encontrar el lugar y la fórmula” dice “no hay esencia que se oculte, ni siquiera en la desmemoria. Si la mía no existe es porque en no existir ‘consiste su esencia’” (72). Y es así que en el ejercicio de olvidar se encuentra la gran carga de los recuerdos. En Rimbaud hay una reminiscencia de lo vivido. En Lo que hicimos los jóvenes tienen que recordar de una u otra manera que hay niños abandonados por Dios (60), que niños que no significan inocencia (60), que los niños oprimidos deben ser, pero tal vez no son, siempre obedientes. Son estos énfasis los que nos hacen recordar la pasión política que esta escritora siempre tiene presente en sus obras. 

La voz nostálgica que toma el texto en varias partes hubiera encantado a Proust, y el misterio de las relaciones que se adivinan incestuosas o que son explícitamente prohibidas, le hubieran intrigado a Arredondo o a Cortázar. Todo funciona en una especie de ensamble, en una fascinante yuxtaposición de ideas rodeando historias intrigantes llenas de pistas, claves, guiños de ojo que obliga a la lectura atenta del texto. 

Henry Miller en 1946 en su estudio de Rimbaud dijo que lo que el poeta hace es un “acto de renuncia” casi en un esfuerzo por desaparecer por completo su pasado como escritor, lo que nos refiere a toda una vida de violentas contradicciones.  Y es por eso que al final en Rimbaud solo queda el “Genio”, el deseado talento de todo poeta, el “canto claro de las desgracias nuevas”. En López Mills, es el Marinero que clama al mundo desde la torre también “las desgracias nuevas”.  

Tedi López Mills ha dicho que “el mito de Rimbaud no es infranqueable” pero se necesita el talento de una escritora de su talla para demostrar que lo es.  Cuando yo la conocí y tuve la oportunidad de entrevistarla para este podcast, le dije que si estudiara otro doctorado, mi disertación doctoral sería en su obra. Hoy sigo diciendo lo mismo.  

Adriana Pacheco, PhD. (Puebla, 1963) tiene un doctorado en Iberian and Latin American Languages and Culture de la Universidad de Texas, Austin (2015). Es investigadora, promotora de la lectura, del derecho a la educación, a la paz y a la igualdad. Fundadora del Proyecto Escritoras Mexicanas Contemporáneas y del podcast Hablemos Escritoras, ha sido Texas Book Festival featured author.