Hablemos, escritoras.

La poética de la sangre. Sanguínea de Gabriela Ponce.

Episodio 223 Reseñas

04/26/2021 | Hablemos escritoras · Giulianna Zambrano

“Mi desgracia es tener necesidad de caricias.”"

Hoy les damos la bienvenida a Sanguínea (Severo Editorial 2019; Editorial Candaya 2020) de la escritora y dramaturga Gabriela Ponce (Quito, 1977) que narra el desbordamiento emocional que sobreviene a una separación. La pérdida, el duelo y la crisis, explorados por Ponce en cuentos anteriores como Diarios de una nadadora, regresan en su primera novela con una prosa vertiginosa, llena de interioridad, poesía y cuerpo. La reseña es a cargo de Giulianna Zambrano, PhD. (Quito, 1984), profesora-investigadora de la Universidad San Francisco de Quito, Ecuador.



“La memoria está preñada de imágenes que al mínimo roce con la materia se presentan ante uno con la devastadora realidad de la ausencia, lo que siempre me va a faltar”, escribe Gabriela Ponce Padilla, escritora y dramaturga ecuatoriana, en su primera novela, Sanguínea. Una novela sobre el desamor y las emociones paradójicas que se desbordan de cara a la pérdida, un tema recurrente en la obra de Ponce. Publicada en 2019 por la editorial ecuatoriana Severo y en 2020 por Candaya en España, la novela sigue la crisis de la narradora, una mujer que empieza la novela patinando, balanceándose y apoyándose en otros cuerpos, entre el gozo y el dolor, como imagen del estado que sucede a su divorcio. La protagonista aborda en su relato en primera persona, en el desborde honesto de su interioridad, el desgarramiento frente a la separación y, asimismo, las posibilidades del deseo y lo erótico frente al dolor, mientras recorre las bases de su educación sentimental en un encadenamiento de imágenes vertiginosas disparadas por la memoria que van desde la infancia hasta ese presente, colmado de la sensación de vacío y del riesgo constante de caer.

Por eso, la escritura, al igual que la protagonista que patina, al igual que ese cuerpo a ras del suelo, pero siempre en movimiento, al igual que la sangre en ese cuerpo, se desliza por las ideas del amor y el duelo, aprendidas en el melodrama de las telenovelas y las canciones, en lo que observamos y repetimos y que, de cierta suerte, nos explica eso que sentimos, porque, en Sanguínea, la escritura también se escurre por la memoria del cuerpo, sus marcas, sus fluidos, sus sensaciones. Es decir, toda su potencia vital. 

Todo empieza con el divorcio– la separación, ese lento proceso de irse. Nos dice la narradora:

 “La decisión tardaría tanto y se haría de a poco. Fuimos arrancando lento el pedazo, despacio fuimos jalando el trozo de carne para que la sangre se disparara como pepitas, como susurros, como petardos. Así era más fácil el dolor.”

La partida ralentizada, el desmoronamiento en cámara lenta de lo que implica un matrimonio, se acompaña en la novela de la sangre borboteando, siempre abundante y recurrente. Esa sangre que se deja ir cada vez que un óvulo cae. Ese rojo que aparece en imágenes recurrentes de asombro, descubrimiento, dolor, alivio y placer. 

En el ensayo El azul de la distancia, Rebecca Solnit habla sobre los paisajes tangibles de la memoria, relacionando los lugares con la música, en su caso las largas carreteras de Estados Unidos con canciones de country. Revisitar esos lugares, volver a la música, es lo más cercano a volver en el tiempo, nos dice, a explorar esos paisajes que nos componen, que somos nosotros y que de alguna manera nos poseen. Para Solnit, ese es el azul de la nostalgia. 

En Sanguínea, una obra marcada por la nostalgia, el color es el rojo. La intensidad del rojo. La narradora recorre los paisajes de esa memoria en un intento de abarcarlos, como intentando retener algo de ese nosotros que se descalabra:

“Son ascensores, 
Son departamentos, 
Son bosques y tierra, 
Son cuatro aviones, 
Son noches,
Y también es agua,
Es otro país
Son cuartos de hoteles,
Son carros,
Son camas,
Son canchas y
Son locales de comida
Y son librerías, es un árbol solitario frente a nuestra ventana al que se le caen las hojas mientras nosotros, desnudos, nos recitamos las tristezas de nuestra orfandad…
[…]
Hemos estado juntos en lugares. Los lugares existen, yo siento que los poros de la piel se me hacen pepitas de espuma flex y digo nosotros ya no existimos, cómo chuchas pasó eso…” 

Ante la ausencia de una respuesta, solo quedan los poros abriéndose, dejando ver, dejando salir, la sangre brotando como recordatorio de la vida que se nos escurre, del dolor que se nos escurre. 

Pero, Sanguínea es también la exploración de la posibilidad, como nos dice la protagonista, de un “amor genuino a ese dolor”. La ficción va tejiendo una red de afectos que también nos acompaña en el tránsito por el desbordamiento. “Tenía amigas y la amistad redime, salva, levanta”, nos dice la narradora. Por otro lado, el deseo nos moviliza. El gozo nos recuerda que el vértigo puede también volverse placer; el embarazo que algo puede empezar de nuevo. 

Sanguínea explora nuestra experiencia vital, la honra, en su entrega, en su dolor, en sus memorias, en cada marca. La transforma en palabras que se encarnan en el cuerpo en toda su potencia, un cuerpo que sangra y que gesta, que llora y que ríe, que se desgarra y se vacía, y que desea, que goza. Y así se reconfigura, se alivia y vive.