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Pensando el Antropoceno. Primera entrada

Gisela Heffes · 10/23/2021

La novela Mugre rosa, de Fernanda Trías, abre con la referencia al día en que apareció el primer pez, alusión que entreteje la trama como un fundido de cierre que luego reemerge para recordarnos que aquello que pensamos como presencia, ya desapareció. Y se disipó para siempre.  Pero se desvanece dejando en su lugar presencias. Con la aparición de los peces muertos subyace, no hay duda, la idea de extinción. Y con ésta, de finitud. Ya en el año 2017, otro escritor, esta vez el argentino Pablo Ottonello, publicaba el cuento “El verano de los peces muertos” en un libro con el nombre homónimo. En el cuento, un "futuro cineasta" (futuro por no decir trunco) viaja a La Coronilla, un pueblo balneario en Uruguay, a escribir escenas para un posible guión y tomar fotografías. La Coronilla es un pueblo "decrépito" cuyos hoteles y casino se encuentran completamente abandonados. En el "Gran Hotel La Coronilla", donde se alojan, un uruguayo le cuenta la historia de la "intoxicación" de los agroquímicos que llegaban del interior, cuyas tierras frecuentemente inundadas eran utilizadas para la producción agropecuaria. En 1980 "el gobierno militar aumentó el Canal Andreoni en 68 kilómetros" dado que las tierras no drenaban naturalmente. Como buen ejemplo de "progreso" (un progreso impuesto con frecuencia a la fuerza por gobiernos militares en nombre de un falso "desarrollo económico") el canal comenzó a arrastrar los agroquímicos cada vez más "potentes" del agua dulce al mar. Pero un verano, “aparecieron muertos todos los peces. El mar los arrastró a la costa y el sol los pudrió en pocas horas”. Además de un hedor insoportable, podían verse los peces flotando en el agua ya que la “marea los arrastraba, como ataúdes brillantes, a la costa". En la parte abandonada del pueblo el guionista y su compañera Greta pueden identificar los remanentes de aquel fluir tóxico que fuera exacerbado aquel verano: "un residuo zoológico que moría en las costas arrastrado por la corriente".

La ciudad en Mugre rosa es asimismo una ciudad sitiada por fantasmas, los espectros de quienes no están. No sólo los "edificios se encuentran ocupados" sino también, las "playas amanecieron cubiertas de peces plateados". Peces que “ni siquiera aleteaban, estaban tiesos desde hacía rato, incluso antes de que el agua los expulsara”. La alusión, tanto en Ottonello como en Trías, a un imaginario marino teñido por el flujo de una toxicidad acuífera que en su semántica arrastra seres vivos, provoca una reflexión en torno a cómo narrar, textual o visualmente, la devastación que deja a su paso, a veces de manera lenta, otras de manera abrupta, el Antropoceno. Más aún, la ficcionalización de un espacio asaltado por existencias inciertas, cuerpos y materia inerte, remite a un repertorio de elementos simbólicos y reales, conceptuales y discernibles propio del Antropoceno. Vale la pena aclarar que con la categoría de Antropoceno apelo a una vasta cantidad de nociones, a veces contradictorias o en pugna, otras que resuenan entre sí o se complementan. Ya sea obra del hombre (Antropoceno), del capitalismo (Capitaloceno), o de un sistema colonial, racial y jerarquizado (Plantacionoceno), estas definiciones evocan las transformaciones inscritas en la geosfera y cuyos ensamblajes de poder y toxicidad generan sustancias contaminantes que definen espacios y narrativas. Así, estos relatos registran, recogen, recuperan la historia de las ausencias. Y los espectros que asoman en los textos conforman reliquias.

El mundo antropocénico "procesa" cuerpos, materia y elementos (orgánicos e inorgánicos) para convertirlos en carcaza. En Trías, además de los peces, los animales se procesan para ser transformados en carne enlatada: la mugre rosa. No sin ironía, se trata además de una iniciativa auspiciada por la Nación. El discurso oficial garantiza alimentos para toda la población en un momento en que el derecho a la soberanía alimentaria es objeto de disputas y contestación. En cierto modo la historia deja poco espacio para cualquier forma de optimismo, cuestionando incluso todo culto a la tecnología y proponiendo en cambio un paisaje sombrío y desencantado, el que resalta la inequidad ecológica y social tanto en la esfera humana como no humana. El mundo marino, la fauna, los animales domésticos (las gallinas son procesadas y devienen nuggets -artefactos desconectados de su origen), en este relato post-apocalíptico, fueron reducidos a puro objeto de consumo.

A diferencia del relato de Ottonello, la novela propone una estética de irreversibilidad. Pero, y a pesar de esa clausura, hay árboles. Aunque no hay pájaros. Con vagas reminiscencias a Silent Spring, el célebre trabajo de la bióloga y conservacionista Rachel Carson (1962), "los pájaros deshabitaron el cielo sin graznidos ni muertes innecesarias". Contrariamente a los peces, "desalojaron el aire". En la novela, los pájaros disponen de agenciamiento. Y los árboles permanecen. No murieron sofocados por el viento rojo que azota el relato, ni fueron talados como en el potente relato de Richard Powers, The Overstory (2018; traducido al castellano como El clamor de los bosques). No son refugio de nada ni de nadie. Sólo están ahí, resistiendo. Pero ¿resistiendo a qué?

Quizá eso sea pensar el Antropoceno: explorar los modos de resistencia y articular formas de narrar que no sólo registren, sino que respondan a las necesidades de darle materialidad a lo que se impone como una realidad maciza y, al mismo tiempo, difícil de capturar. Los árboles de pie, determinados a permanecer, no es sino un acto de desobediencia. La posición posthumanista que sugiere el relato contrasta con muchos otros, en cuanto los árboles, aunque de manera indeterminada, plantean un modo de resistir y contrarrestar el fin inminente, simplemente estando. Son las raíces que los mantiene de pie, a pesar de las inclemencias incesantes bajo las que se encuentran sumergidos, fluctuando entre la niebla y el viento contaminante. La imagen de los árboles arraigados en una ciudad colapsada, atiborrada de espectros-reliquias, vestigios del pasado, invoca un sentido de comunidad. Un bosque dilapidado pero vivo. Quizá el futuro sea eso. Y nada más.