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Hablemos, escritoras.

Yo, mi nombre. El libro de Aisha de Sylvia Aguilar Zéleny.

Episodio 326 Reseñas

04/11/2022 | Hablemos escritoras · Gaëlle Le Calvez

Cuando escribo de ti, escribo sobre mí. /Cuando temo por ti, temo por mí. Cuando pienso en ti, pienso en realidad en mí."

En este episodio Gaëlle Le Calvez reseña El libro de Aisha de Sylvia Aguilar Zéleny, publicado por la editorial Random House. Esta novela cuenta la historia de muchas mujeres atrapadas en el ciclo asfixiante del patriarcado. No se lo pierdan en audio y texto.


¿Qué están arrancándote cuando te arrancan el nombre?
Sylvia Aguilar Zéleny

Para reconstruir la historia de su hermana desaparecida, Sylvia Aguilar Zéleny (Sonora, 1973) recurre como Cristina Rivera Garza en El invencible verano de Liliana, a las distintas voces de personas que estuvieron relacionadas con ella. La necesidad de salir de la ficción y de anclarse en las escrituras ‘del yo’ (la autobiografía, la memoria, la biografía, el diario, tuits y post), se ha convertido en una forma de participar en conversaciones necesarias alrededor del tema de la dominación masculina y la violencia doméstica. 

El libro de Aisha aborda el sometimiento como un progresivo abandono de todo lo que conforma la identidad de una persona: el nombre, las costumbres, las creencias, los afectos, los amores, la cultura, las memorias. ¿Qué queda cuando todo lo que nos constituye desaparece? Aguilar Zéleny repasa las distintas capas del abandono que comienzan —y en esto también coincide con la estremecedora historia del feminicidio de Liliana Rivera Garza— al dejar el espacio familiar. Tal parece que fuera de una estructura imperfecta y sin embargo protectora (cuando es el caso) la mujer queda inmediatamente vulnerable en un mundo que todavía no está hecho para apoyar y aceptar la independencia, la libertad y los derechos de las mujeres. 

La escritora intenta recuperar lo familiar y lo común en lo desconocido, en una hermana primero ausente, después lejana y finalmente, extraña. Los testimonios, los objetos, las revistas, la red se convierten en informantes. Familiares y amigos delatan la brutal transformación de Patricia, una niña y joven libre rodeada de intereses y afectos, en Aisha, la mujer de Sayibb, “un gran conversador [que] podía contar historias sobre el imperio otomano y recitar fragmentos de poesía sufí” (62). Aisha “ha abandonado/casas y muebles/ropa y hermanos/novios y ciudades” (66), ha renunciado a todo, incluso a su nombre. “De pequeña, dice la abuela paterna, como cualquier niña de su edad, mi Paty jugaba a la mamá, acomodaba en hilera las macetas del patio y les decía que se portaran bien mientras ella iba al mandado… se deslumbraba con las historias del rey Arturo… con Juana de Arco y, claro con la Pequeña Lulú…” (36). “Cuando sea grande, recuerda la madre, me casaré con un chino y me iré lejos…” (38). Sylvia, la narradora, la recuerda como una niña que tomaba un palo, una roca…y lo hacía chocar por los barrotes del barandal, poderosa. Con un carácter “de la chingada”, dicen los hermanos. Su mejor amiga evoca su paso por la universidad, la toma de rectoría, sus primeros trabajos y luego la beca. Su exnovio menciona Pink Floyd, Santana, la huelga estudiantil, “las largas sesiones de Fellini” (57). Para su padre su “boda [con ese hombre] significó su comunión con el fanatismo” (64). Según la hermana de Sayyib, “Aisha era joven y estaba dispuesta a entregar su alma y su obediencia” (76). 

Dividida en cuatro partes, la narración va respondiendo a los cuatro epígrafes que abren el libro. Uno. Nunca nadie hizo jamás buena literatura con historias familiares de Ricardo Piglia. Lo primero que hace el texto es contradecir a Piglia. Toda la nueva literatura escrita por mujeres regresa a las historias familiares, plagadas de secretos, abusos o dramas. O a una historia como esta donde cuesta trabajo entender qué lleva a una hija querida, con estudios, inteligente, a dejarlo todo: “Ella decidió vivir así y para vivir así tuvo que abandonar lo que antes era. … A eso ella le llama amor” (67). 

Dos: Yo te llevé llevaría estoy llevando a cuestas por mi vida. Con este segundo epígrafe, un fragmento poético de la argentina María Negroni, Aguilar Zéleny, manifiesta su amor por la sonoridad, las frases cortas, el lenguaje directo. La forma contenida y furiosa de contar su historia también habla del amor por su hermana. La narración toma fuerza con una respiración desbocada marcada por el dolor: “hay días en que quiero tomar el teclado, deletrear violentamente en él y sacar de mí todo este miedo, toda esta angustia” (134). El epígrafe también apela a la intrincada relación entre hermanas. La transformación de la hermana mayor afecta a la menor: la ausencia es una carga y, a la vez, un vacío que la define. 

Tres: Quiero contemplar/quiero ser testigo/quiero mirarme vivir/te cedo gustosamente la responsabilidad/como un escriba/ocupa mi lugar/goza si puedes con el relevo/serás mi descendencia/mi alternativa. La que vivió para contarlo. Este epígrafe de la uruguaya Cristina Peri Rossi define la perspectiva narrativa de la historia. La autora se desdobla en testigo, personaje, sobreviviente: abisma su propia historia para entender, para observar, para reconstruir los hechos. 

Cuatro: y luego, volver a escribir en el orden que conviene/ el mundo que hemos aprendido. Este último epígrafe de la filósofa y poeta española Chantal Maillard describe el proceso de escritura y de ordenamiento del libro. Una obra donde los recuerdos y la imaginación desconectados se ordenan para formar dos libros: El libro de Aisha del que se desprende el libro de Sylvia. El primero “portador de la palabra única”, el segundo, una obra influida por autores contemporáneos (Piglia, Negroni, Peri Rossi, Maillard). 

Las preguntas, las entrevistas, pero, sobre todo, el engarce entre unas y otras va restaurando la identidad de una hermana y de una familia. En el acto de recordar y cuestionar (la identidad, el amor, el matrimonio, la maternidad, la religión, las lecturas) Aguilar Zéleny define su propia voz. “¿Para qué escribo de mi hermana? ¿Cuántos años han pasado y yo sigo escribiendo de ella? ... Esto se ha vuelto mi vida” (109), apunta, mientras toma conciencia de su propio sometimiento a la vida de su hermana. “Escribo porque no hay nada más que hacer, pero debo admitirlo estoy cansada de hablar de ella” (115). Y, sin embargo, el proceso de escritura sigue hasta que la historia adquiere sentido y la libera. 

Esto no es una biografía/ Esto no es una novela/ Esto no es una semblanza/ Esto no es una memoria/ Esto no es una crónica/ Esto no es una investigación/ Esto no es un ajuste de cuentas/ Esto no es un intento por comprender. Pero esto es todo eso a la vez (117). 

Sylvia Aguilar Zéleny tiene razón. Esto es otra cosa. Es una denuncia. Es un alto. Es un texto que estruje, sacude y expone. El libro de Aisha alerta sobre las condiciones precarias que atraviesan las mujeres por el sólo hecho de ser mujeres. Es un llamado a la sororidad entre todas nosotras.