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Hablemos, escritoras.

Ver en la obscuridad. Linea nigra de Jazmina Barrera.

Episodio 229 Reseñas

05/17/2021 | Hablemos escritoras · Adriana Pacheco

Tan juntos cómo se puede estar: uno en el centro de la otra"

Hoy reseñamos el libro Linea nigra (Almadía, 2020) de Jazmina Barrera, un ensayo que nos adentra en la maternidad a través de múltiples voces. La experiencia personal de una madre es el punto de partida para invitarnos a una total sinfonía de voces de escritoras, fotógrafas, pinturas, abuelas, y madres. No se la pierdan y acompáñennos a www.hablemosescritoras.com/writers/322 para saber más de esta magnífica escritora mexicana y leer la reseña completa. 


Soñarse embarazada cuando se está embarazada es algo que me pasó esperando a cada uno de mis hijos. La extrañeza de un sueño muestra la gran inquietud de saberse habitada por un otro, que crece dentro de ti. Así lo cuenta también la escritora mexicana Jazmina Barrera en su muy celebrado libro Linea nigra (Almadía, 2020), título que nos recuerda esa marca que recorre el vientre de una madre del pubis al ombligo, que crece mes a mes, y que podría verse como la señal de la ruptura, de la partida que habrá de suceder una vez llegado a su fin la preñez.

Ya el talento de Barrera nos había conmovido con sus ensayos intimistas y casi místicos, con el arrullo y la luz de sus palabras, con su sentido del humor y su profundidad como en su libro Cuaderno de faros (Tierra Adentro, 2016). Ahora, con la publicación de este libro sobre la maternidad nos lleva a otro paraje, el de verbalizar lo que tantas veces hemos querido confesar: que las caras de la maternidad se ven en la suma de los sentimientos colectivos, de sus representaciones gráficas, de las palabras pero también de los silencios que la conforman. Es en el diálogo que crea y en la recolección de otras voces entremezcladas con la suya, que nos recuerda que el problema de la maternidad es su mandato de siempre tener que ser descrita como una experiencia bella, pues narrarla de otra manera es blasfemia, es atentar contra el precepto secretamente impuesto de verla como una bendición. Esas ambigüedades e ironías alimentan el ímpetu que vemos hoy de una explosión de la literatura de la maternidad que recoge el testimonio de una multitud de voces que dan cuenta desde una escritura del “yo” de los distintos tonos del cuerpo maternal. Es en este momento literario que se ubica Linea nigra, un libro intimista a manera de ensayo, diario, poema, crónica, y un poco de novela, que nos convoca a reunirnos para leerlo y a leer a otros muchos libros, a contemplar cuadros y fotografías, y a recorrer hechos y datos relacionados con la maternidad.

La primera sección del libro es “Imagen embarazada”, título inspirado en la pintura de Marlene Dumas que nos refiere a una imagen que se ve desde fuera, desde lejos, desde la distancia de una cabeza desconectada a un cuerpo, a la descripción del momento del inicio de la transformación, al miedo a lo desconocido, a esa “fruta” que se gesta dentro del vientre. “La espera del embarazo es un frutero” dice Barrera. Dice también que esas primeras semanas son como “estar en un crucero de tres meses y tener mal de mar”, es verse entre la bruma de las náuseas, los mareos, y las extrañas sensaciones con las que despertamos cada día, para pensar en lo que está sucediendo dentro de nuestros cuerpos y en lo que ha de venir. El primer embarazo es un tiempo de preguntas y de muy pocas respuestas. Todo es incierto. Todo parte de la duda. Empezamos por preguntarnos el nombre de eso otro al que ahora hay que referirse. ¿Qué nombre ponerle a ese nuevo ser, del que ni siquiera sabemos el sexo? Nombrarlo es marcarlo con una etiqueta con la que ha de reconocerse en su vida mientras quiera ser nombrado así. Barrera en Linea nigra nombra y desnombra, toma prestado de otros, de sus amigas, de personajes de su vida, se pregunta si es correcto traer de vuelta historias antiguas, relaciones incómodas, nombres que tienen un pasado, si el bebé podrá reconocerse en el nombre de ese otro. Están también las preguntas prácticas como ¿dónde poner el cuarto del nuevo huésped? ¿qué hacer con el internet? ¿a qué doctor ir? Es el tiempo de preguntarse sobre una misma, como ¿ahora a qué hora seguir escribiendo?, ¿si será posible continuar la vocación y la carrera?, o ¿si ha llegado el momento de abdicar por un largo tiempo a los propios sueños? La imagen de una beca recién ganada, de la obligación de seguir escribiendo para no perderla, de repensar el proyecto propuesto, le sirve a la autora para enfrentarnos a una realidad: el embarazo y la maternidad pueden ser momentos cismáticos en la vida de una mujer. Y en ese repensarse vienen también las preguntas que nos unen como mujeres y como sociedad, que unen lo privado con lo público, como hablar del aborto pues, así como para muchas mujeres que cuando quedan embarazadas se aferran más a sus preceptos “por vida”, para Barrera es por lo contrario el momento de estar más que nunca a favor del “derecho a elegir” pues, como ella dice “Esta transformación tan brutal del cuerpo sólo debe suceder si la mujer está dispuesta, si lo desea fervorosamente. Nadie, nadie que no quiera pasar por esto debería estar obligada a hacerlo”. Y es que los hijos siempre nos enfrentan a repensarnos, pero sobre todo a rehacernos. 

El libro es también un caminar entre reencuentros con la madre, las abuelas, las tías, las amigas, quienes conforman una colectividad gustosa de compartir sus propias historias. Barrera reserva un lugar especial para hablar de esa sabiduría que le llega de esa genealogía, de su clan, y recuerda por ejemplo cómo su madre le enseñó a ver en la obscuridad. Y es que en la vida de una mujer que se vuelve madre la obscuridad se resignifica. Existe en las largas noches junto a un baño vomitando -bendita bonadoxina dice-, en el insomnio por la incomodidad de no poder dormir, en caminar de puntitas en cuartos dormidos, y dice en “todas las noches que me esperan de despertar con ese miedo”. 

La presencia continua de su madre en el libro, la pintora Teresa Velázquez, es un bellísimo tributo. Habla de sus cuadros, de los que sobrevivieron, de los que sirvieron para pagar cuentas, de su protección y cuidado a lo largo del tiempo de espera, de sus consejos. Y recuerdo cuando Barrera compartió en las redes la publicación del libro de pintura de su madre y me hizo regresar a Linea nigra a releer los pasajes en donde habla de ella en esa mezcla de admiración y distancia que siempre se da con nuestras madres cuando estamos tratando de construir nuestra propia idea de maternidad. Pensé en mi propia historia y en la sabiduría que debe haber para como madre-abuela-suegra saber cuándo hablar y cuándo callar, cuando guardar distancia para no invadir el maternar de una hija o de la nuera.  

El inmenso tema de la soledad es también importante en esta obra. Se dice que una vez que se es madre, nunca más se está sola. Por un lado, es un hecho que mientras un niño se gesta en nuestro vientre, siempre estamos acompañadas, escribimos, dormimos, comemos y Barrera dice que “Tan juntos cómo se puede estar: uno en el centro de la otra”. Y es tan juntos que en momentos se pierde la identidad, que se es dos “al mismo tiempo una mujer y un niños”. Es como si hubiera “un hombre dentro de mí”, ocurrencia que habla de lo surreal que es estar habitada por ese otro. Pero también está la otra soledad en la presencia del hijo, como la que escritoras como Ariana Harwicz han descrito, o en la ausencia, como en la obra de Brenda Navarro y Daniela Alcívar Bellolio. 

El nombre de Alejandro recorre el libro a cada momento. El padre que gesta junto a ella es un actor fundamental. Se aparece cercano, con sus propios miedos y preguntas, cuidando y a la vez dejando ir. Resulta tan gratificante leer que la imagen de ese futuro padre tiene también un lugar en la historia que poco a poco se construye y se imagina a sí mismo en su nuevo papel en la vida desde la paternidad. Hay una hermosa intimidad que madre y padre crean en su espera, en los sueños juntos de enseñarle cosas al nuevo hijo, como los nombres de las plantas, o la esperanza de que algún día lea las líneas que la madre le escribe mientras lo espera. La maternidad es más llevadera en la medida que maternar y paternar se conjugan simultáneamente. En esta primera parte de Linea nigra, Barrera nos invita a estar junto a ella, a estar en silencio abrazadas a una almohada, a escuchar el cuerpo, y a resistir a qué se acaben pronto “los tres meses de crucero”. 

El título del segundo capítulo es “Linea Nigra”, en donde las muchas representaciones gráficas, pictóricas y artísticas de la mujer que gesta o que ya es madre, nos ayudan a ir construyendo paso a paso otros imaginarios. Entender la maternidad a través de pintura, es conocer otros espacios, entrar a la intimidad de otras vidas, a otras recámaras, ver otras cunas. Los cuadros de pintoras como Vigee le brun y Adélaïde Labille-Guiard o Frida Kahlo, o las fotografías de Diane Arbus nos llevan a distintos detalles de lo que es la compleja la representación de la maternidad. En las obras de estas artistas y de los cuadros de la madre-abuela hay el énfasis en el autoreconocimiento. Hacerse un autorretrato al estar embarazada es reconocerse cuando ya no se sabe quién es una misma. Es, como Benjamin lo dijo, capturar el instante, y dejar fuera lo demás. Es congelar un instante donde no se ve lo difícil que es vivir los últimos días de un embarazo, la pesadez al moverse, la dificultad al caminar. Y es que se habla del sacrificio de las madres que se dejan devorar poco a poco por los hijos, como las arañas Diaea ergandros que Barrera ve y dice “hacerse puré a si misma, para que los bebés puedan masticarla mejor” y con esa imagen en mente preguntarnos ¿hasta donde una madre esta dispuesta a sacrificarse por un hijo? 

Otro tema obligado a pensar y tomar postura es el de amamantar en público. Esconderse de los demás y de las miradas incómodas, era algo que antes, por lo menos en el México católico y conservador, no se cuestionaba. Hablar del tema era ocioso pues se sabía desde siempre que amamantar era un acto totalmente privado. En Linea nigra se habla del tema, de las bufandas y telas que cubren, que se usan o no. Y Barrera se pregunta:

“¿A qué vienen todas esas bufandas? ¿Cuál es el mensaje? ¿Qué amamantar en público es indecente, polémico, riesgoso? Al parece no es obvio que los senos existen, antes que nada, para alimentar a los bebés; que el hambre de los bebés no espera; que las mujeres no tienen por qué ocultarse”.

Para hablar de estas posturas escandalizadas nos cuenta sobre los cuadros de las artistas que, pintándose embarazadas desnudad, causan escándalo, cómo en la época nazi sucedió con la quema de las pinturas de Paula Modersohn Becker. 

La tercera parte del libro, “Algunas noches blancas”, abre con la ruptura de la fuente, momento temido y esperado de toda mujer embarazada. El inicio del fin. El dolor es el que casi siempre anuncia la maternidad. Barrera nos lleva en ese momento a su pubertad, donde las molestias de la menstruación es ya un anuncio de que dolor y reproducción están siempre conectados. Se da a luz —como decimos en español— en el dolor, en la confusión, en la molestia del tacto del médico, en la multitud de voces que se reúnen alrededor de una mesa de quirófano. “Puja” es la orden, el mandato, el grito del alumbramiento que resuena extenuante una y otra vez. En ese momento la compañía del padre es tan importante “Alejandro me abrazaba por detrás, me hacía cariños” dice Barrera. Pero los niños no siempre quieren salir al mundo tan fácilmente y el momento de la extracción llega, con toda la connotación violenta que esta tiene implícita. Se extrae algo nocivo, un tumor, un barro, un algo que estorba, y aparece así una nueva presencia: la de los instrumentos casi de tortura medieval para extraer a un pequeño cuerpo, frágil, que húmedo se escapa entre los dedos. La madre-abuela detesta en ese momento al ginecólogo y todavía más a la pediatra, dice Barrera, “La enfureció cómo trató a Silvestre cuando acababa de nacer: con absoluta frialdad, como si estuviera manipulando un objeto empacando una maleta y no vistiendo por primera vez a un ser que venía de aterrizar en el mundo”. 

La brutalidad y la violencia en el momento del parto es ahora tema que se ha expuesto más en la literatura y en los talleres de escritura de madres. Recuerdo el taller que tomé con Isabel Zapata y Mara Rahab donde en un maravilloso ejercicio colectivo, más de una decena de mujeres hablamos de nuestras maternidades. De manera contundente todas coincidimos que nuestro partos y convivencia con nuestros médicos habían sido de una u otra manera violentos. Barrera lo reconoce así también, en su experiencia propia y en la de otras mujeres, en la manera como el médico asusta y regaña a su amiga Laura y cómo ella misma se siente “culpable, con miedo, segura de que estaba haciendo algo mal”. Hablar de esto es imperativo, pues es reconocer una violencia ginecológica que sí existe y que es real; es pedir que se creen nuevas maneras más humanas y más respetuosas de traer niños al mundo; es tratar con más dignidad a las madres. 

Y al fin el momento ha llegado, Silvestre nace. El dolor queda atrás en ese primer momento cuando los ojos de un hijo y los de la madre hacen contacto. El momento de saludarse y de reconocerse ahora como dos individuos separados es mágico. El milagro de la vida está ahí. Y barreras se pregunta “¿Cómo había espacio suficiente para un niño de ese tamaño?”. Maternar es un acto corporal. El hijo sigue unido al cuerpo de la madre a través de la lactancia. Amamantar sustituye al cordón umbilical que unía a los dos cuerpos en la preñez. El bebé sigue unido a la madre a través del pecho en las interminables horas en que “toma, come”, como dice Barrera. Los senos de una mujer lactando son enormes, voluminosos, hermosos, como lo fue alguna vez el vientre habitado por el hijo. Las representaciones de los senos en la escultura y la pintura son la prueba de esa corporalidad creada para ayudar a sobrevivir a un hijo. “La leche es un vínculo” dice Barrera “un tipo de energía que surge de dos seres al estar cerca”. Barrera nos recuerda la famosa fotografía que Tina Modotti hizo de Luz Jiménez, modelo, maestra de Náhuatl, traductora, y amiga de Rivera, Kahlo, Orozco, entre otros. Modotti captura el momento en que la madre amamanta a su hija Conchita, y la diminuta manita de la bebé que descansa sobre el pecho de su madre en un gesto totalmente conmovedor. 

Una de las ironías más grandes de la maternidad es la presencia tan fuerte que toma la muerte en un momento en que se está dando vida. Los miedos de las madres a la muerte de los hijos es un fantasma que nos acompaña en todo momento. Samanta Schweblin en Distancia de rescate, lo pone en perspectiva con la pregunta ¿cuánto es lo mínimo que necesito estar cerca para salvar a mi hijo? Barrera también habla de muerte, de muchas muertes, como en la historia familiar del accidente de Rodrigo, y el gran fantasma que esto se volvió para su bisabuela hasta el último día de su vida. Los sentimientos de culpa y los miedos son constantes en el maternar y, tal vez, solamente te salva del suicidio el tener otros hijos.

El libro cierra con el capítulo “El árbol de nuestra carne” e inicia con una reflexión de Barrera sobre el libro de Rivka Galchen, Pequeñas labores, que dice “es cierto eso que los bebés te dan un motivo para vivir. Pero también son un motivo para no morir, que prohíbe morirte”. Hace unos días hice una mini reseña en nuestro blog sobre este libro que Jazmina Barrera y su esposo Alejandro Zambra traducen. En Linea Nigra la autora hace referencia a ese momento cuando lo estaban traduciendo, a ese otro ejercicio en pareja que hacen ambos. Tal y como juntos esperaron a Silvestre, aprendiendo a ser una pareja embarazada, así también se embarcan en el proceso de traducir este famoso e importante libro sobre la maternidad. 

Y el libro regresa a la obra fotográfica de Modotti y a una lectura de los ángulos de las tomas. Lo que le interesa a esta fotógrafa —que nunca pudo ser madre— cuando toma a mujeres revolucionarias cargando a sus hijos es “el gesto, el contacto físico, la fuerza, la comodidad, la seguridad, el cariño y el cansancio que hay en el vínculo corporal entre la madre —doblemente madre, por el embarazo— y el hijo”. Ser madre es un acto de fortaleza, pero también de fragilidad. 

Muchos otros son los temas que trata en este cierre del libro: el cáncer de su madre, los secretos familiares, la eternidad de la maternidad, la importancia de la familia extendida para ayudar a las madres a recuperar poco a poco la vida personal. Habla de los protocolos impuestos por la sociedad para ser o no ser madre como en la historia de los gemelos que nacieron de un abuso de un tío a la hermana de su propia esposa. Al final de este bellísimo, reflexivo, y sensible libro, nos comparte la larga lista de los textos que leyó mientras amamantaba, a la que se suman los nombres de pintoras y fotógrafas. Así Jazmina Barrera nos deja tarea y la invitación a una conversación abierta para seguir elaborando en ella. 

Y si para muchas mujeres la maternidad las valida, o como Virginia Woolf aseguró de Vita Sack Ville West, las hace ser mujeres verdaderas, Linea nigra nos permite entender que engendrar, parir, y criar a un hijo “tener esa pequeña extensión de si misma” como Margaret Drabble dice, es mucho más que eso, es enfrentarse a otra versión de una misma y no permitir seguir en esta inercia llena de prejuicios, etiquetas, y paradigmas que se nos ha dicho sobre ser madres. Es, en pocas palabras, ver en la oscuridad.